Escuchar los latidos, ¿Salvación o condenacion?
Desde la ética cristiana, proteger al vulnerable exige reconocer también la dignidad, historia y sufrimiento de la mujer, sin reducirla a un medio.
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Comité editorial CECS

Históricamente, la tradición cristiana ha mantenido una valoración mayoritariamente negativa del aborto, aunque las razones teológicas, la consideración moral del embrión y las discusiones acerca del momento de la animación no fueron idénticas en todas las épocas. En términos generales, esta oposición se ha sostenido en la convicción de que la vida humana es un don de Dios y que, por tanto, no constituye una realidad sobre la cual el ser humano pueda disponer arbitrariamente.
Hace algunos días, un grupo de diputados presentó un proyecto destinado a modificar el Código Sanitario. La iniciativa establece que, antes de realizar una interrupción del embarazo bajo alguna de las tres causales permitidas en Chile, el personal médico deberá informar a la paciente si existe actividad cardiaca embrionaria o fetal y ofrecerle la posibilidad de escucharla. Sin embargo, si la mujer rechaza el ofrecimiento, el médico deberá negarse a practicar el procedimiento.
Y más que entrar nuevamente en el debate acerca de si los cristianos deben estar a favor o en contra del aborto, quisiera que ampliáramos nuestra comprensión y diéramos un paso más. La pregunta no es solamente qué vida queremos defender, sino también cómo pretendemos defenderla.
¿Puede una causa que afirma proteger la dignidad humana utilizar la presión emocional como instrumento? ¿Puede llamarse verdaderamente libre una decisión cuando rechazar una experiencia significa perder el acceso a una prestación legal? ¿Escuchar los latidos constituye simplemente información médica o se transforma, dentro de este contexto, en una prueba moral impuesta a la mujer?
Existen muchas diferencias entre ofrecer algo y condicionarlo. Una mujer puede rechazar la escucha, pero si elegir eso lleva a que el procedimiento no se realice, entonces no está frente a una verdadera elección sino ante un ultimátum: Escucha o no podrás continuar. Y es precisamente ese momento en donde el escuchar los latidos deja funcionar únicamente como información y se transforma en un mecanismo de disciplinamiento moral.
La cuestión adquiere todavía mayor gravedad cuando recordamos que la legislación chilena permite la interrupción del embarazo únicamente en tres situaciones especialmente dolorosas: peligro para la vida de la mujer, inviabilidad fetal de carácter letal y embarazo producto de una violación. No estamos hablando necesariamente de alguien que contempla el aborto con indiferencia, sino de mujeres y niñas que pueden estar enfrentando peligro, duelo, abuso, miedo o experiencias profundamente traumáticas.
Desde una ética cristiana, defender al vulnerable no puede significar volver invisible la vulnerabilidad de otra persona, no es una pelea por quién es más prójimo. Aun reconociendo al embrión o feto como prójimo, la mujer también lo es. Ella no es solamente el lugar donde se desarrolla otra vida, ni un recipiente biológico, ni un campo de batalla sobre el cual distintas ideologías deban demostrar su superioridad moral. Es una persona concreta, con historia, conciencia, sufrimiento y dignidad.
Una niña embarazada producto de una violación no necesita que el Estado le imponga, mediante un sonido, una experiencia emocional destinada a recordarle la existencia de la vida que se desarrolla dentro de ella. Ya carga con una experiencia que jamás escogió. Una madre que esperaba a su hijo, pero que recibió un diagnóstico de inviabilidad fetal, no necesita ser sometida a una demostración emocional para comprender la gravedad de su decisión. Quizás ese latido no represente para ella una llamada a reconsiderar y continuar con su embarazo, sino la dolorosa confirmación de una vida que desea profundamente pero que sabe que no podrá sobrevivir.
Por eso, el verdadero problema no está necesariamente en escuchar un latido. Una mujer podría desear hacerlo y aquella experiencia podría ser significativa para ella. El problema aparece cuando ese sonido es utilizado como requisito, amenaza o castigo. Lo que voluntariamente podría constituir información o incluso un momento humano de reflexión, impuesto bajo la posibilidad de perder atención médica, puede convertirse en una forma de condenación.
Quizás la pregunta que los cristianos deberíamos formularnos no sea solamente si queremos que una mujer escuche los latidos, sino si nosotros estamos dispuestos a escucharla a ella: escuchar a la niña violada, a la mujer cuya vida corre peligro, a la madre que deberá despedirse del hijo que esperaba y a quien teme no poder criar. Escuchar sus razones no implica necesariamente aprobar todas sus decisiones; implica reconocer que ninguna defensa cristiana de la vida puede comenzar negando la humanidad de quien está delante de nosotros.
La oposición cristiana al aborto será moralmente creíble no cuando consiga imponer una experiencia emocional, sino cuando esté dispuesta a acompañar integralmente: ofreciendo apoyo económico, psicológico, familiar y comunitario; protegiendo a la mujer durante el embarazo; cuidando al niño después de su nacimiento; y permaneciendo junto a ambos cuando desaparezcan las cámaras, las consignas y las discusiones políticas.
Porque defender la vida no consiste solamente en impedir una muerte. También consiste en hacer posible una vida digna. Y si para “salvar” necesitamos humillar, amenazar o convertir el consultorio médico en un tribunal moral, deberíamos preguntarnos honestamente si estamos anunciando salvación o administrando condenación.

