Planificar el Futuro: El desarrollo como principio y eje estratégico del Frente Amplio
El texto propone recuperar el desarrollo como eje estratégico del Frente Amplio, articulando planificación, justicia social, tecnología y ecología.
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Equipo editorial CECS
Investigador Colaborador CECS
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Comité editorial CECS

Resumen ejecutivo: El presente documento plantea que el Frente Amplio debe recuperar y profundizar el desarrollo como principio estratégico de su proyecto político, entendiendo que no existe futuro socialista posible sin una base material capaz de sostener bienestar, justicia y dignidad para las mayorías. Desde una crítica al estancamiento programático de la izquierda y a la captura neoliberal del debate económico, se propone reconstruir una visión nacional de desarrollo que articule planificación democrática, transformación productiva, soberanía tecnológica, justicia territorial y ecologismo socialista. En este marco, el texto sostiene que Chile debe enfrentar la crisis de futuro, la desigualdad regional, la transición ecológica y la revolución digital mediante una estrategia planificada que permita disputar el rumbo del país, superar la mera impugnación y construir una alternativa capaz de conducir el progreso social en el siglo XXI.
Introducción: Debemos inventar el futuro.
En abril de 2026, las mediciones del termómetro social del país nos mostraron una terrible fotografía del momento que enfrenta nuestro partido como agente político: a la mayoría de chilenos y chilenas les invade el pesimismo sobre el futuro del país (Cadem, 2026). Esta llaga que sangra en una sociedad convulsa la podemos identificar como una crisis histórica, una crisis epocal y una crisis temporal: la ausencia de una esperanza de futuro en la sociedad.
Lo que nosotros llamamos futuro, más que una cadencia de hechos con certidumbre, es siempre una imaginación proyectada en lo que se espera de acontecimientos posteriores. El ser humano rellena este espacio con horizontes predictivos: ideasfuerza y sentido común de lo que vendrá, que lo lleva a organizar su vida, sus actividades y sus aspiraciones al respecto, como si hubiera alguna especie de hoja de ruta en la cual su pequeña existencia logra encajar. Sin embargo, hoy nadie puede entregarle esa certeza a la población. El vacío de horizonte predictivo en nuestro país hoy es llenado por un pesimismo estructural, sin expectativas en el corto plazo, con una visión extendida en todas las generaciones de un estancamiento nacional, deslegitimación del orden político y demanda urgente e impaciente por cambios radicales y rápidos cuyo contenido es aún inconsistente (Madrid et al., 2025).
Ninguna sociedad puede funcionar en la permanente oscuridad. Incluso en términos capitalistas, siempre hablamos de las proyecciones y expectativas de los mercados, pues las decisiones de los agentes económicos ocurren bajo supuestos futuros. Es así en cada uno de los hogares de nuestro país y en cada una de las vidas de sus habitantes, que deben administrar hasta las horas de su día como un valioso recurso, siempre bajo el manto de alguna predicción. Por ello, las personas buscan como una necesidad vital lo que sea que pueda darle alguna certeza del mañana. Y recalcamos aquí: lo que sea. Es aquí, como decía Gramsci, donde surgen los monstruos que compiten con nosotros por el futuro de Chile. Podemos ver retazos de esta sed de futuro en incesantes experimentos que buscan cristalizar el horizonte de una época aún no nata. Estos instantes de apertura son imposibles de predecir realmente y se encontrarán enfrentados a las propuestas subyacentes a esa determinada fracción temporal, si es que acaso existen en lo absoluto (García Linera, 2024). Nuestro partido debe prepararse para tomar la oportunidad histórica. Es en este panorama donde el Frente Amplio debe generar su propuesta y plantearse como objetivo fundamental construir un proyecto realizable para una chilenidad huérfana de futuro.
Debemos inventar el futuro, lo que es siempre una tarea constante; el socialismo que promulgamos es un esfuerzo permanente de progreso social, sin un estadio fijo y final, pero siempre con objetivos concretos para el camino. Ser socialista hoy debe anclarse en una política y pensamiento del desarrollo como proceso hacia una organización social donde la mayoría viva bien y cada vez mejor. Para hablar de futuro, tenemos que discutir de desarrollo.
El presente documento plantea contribuir a la discusión que responde a estas interrogantes de nuestro Congreso Ideológico: ¿Cuáles principios tenemos que reforzar y/o profundizar para lograr nuestra visión de país y sociedad? ¿Cuáles son los principales objetivos políticos que el Frente Amplio debería priorizar para el próximo ciclo político, en coherencia con ese horizonte estratégico? ¿Qué definiciones estratégicas deben orientar la acción del Frente Amplio para avanzar hacia esos objetivos? Lo veremos a continuación.
Dejamos de pensar en el desarrollo.
El debate sobre el desarrollo lleva bastante tiempo capturado por la derecha, como si solo ella fuera capaz de hablar de crecimiento, inversión y empleo; es decir, de la producción, distribución y expansión de los recursos que se reparten entre quienes habitan este país. Y así parece ser. Cuando esta discusión nos toca a nosotros, se evidencia nuestra incomodidad al entrar en un terreno que hoy no es, pero que debería ser propio. Es imperante reafirmar que somos nosotros quienes buscamos transformaciones para ampliar universalmente los medios de vida de las personas, no para sostener ni profundizar el modelo existente ni las lógicas injustas que lo estructuran.
¿Esto significa que nunca hablamos de desarrollo? Por supuesto que no. Cada cuatro años, cuando se acerca el período presidencial, aparecen retazos de metas nacionales; conceptos, palabras e ideas que incluimos como una necesidad del índice del programa. No obstante, esta insuficiente germinación de ideas queda relegada a reducidos equipos de campaña, sin que su contenido sea interiorizado por una militancia que, de todas maneras, no suele tener habilitado más espacio político real que el despliegue electoralista. Esto genera una desconexión entre la línea impuesta y la visión de mundo que nuestro sector forma para desplegar en su acción política. La concreción material de un futuro para Chile no es parte de nuestro quehacer y debate político permanente como debe de serlo, tal como ocurre con diversas áreas que escapan de la operatividad de los ciclos electorales. Se presenta en los hechos, lamentablemente, un divorcio entre el campo de lo técnico y lo político, que solamente perjudica la potencialidad de nuestras aspiraciones y cuya fractura debemos subsanar. Un buen punto de partida para superar esta desconexión es evaluar qué entendemos por desarrollo y su potencial en la construcción de un horizonte político.
Cuando hablamos de desarrollo, en particular en el concepto común de nuestro partido que es el “Nuevo Modelo de Desarrollo”, nos referimos a una consigna vanguardista, un esbozo de “algo” que marca distancia con el sistema actual; pero muchas veces sin asignarle un contenido suficiente ni desarrollar qué es lo que la vuelve una oferta realmente nueva y contundente, apareciendo más bien como un significante vacío. Y cuando hay novedad, esta suele concentrarse casi por completo en la dimensión de un ecologismo reduccionista, centrado en la mitigación de impactos y la preservación de ecosistemas, sin proyectarse sobre la estructura tecnoproductiva y la transformación de recursos naturales.
Con ello, se debilita nuestra capacidad de responder cómo se construye un camino económico distinto para Chile, qué organización económica requiere, qué capacidades debe fomentar, qué papel le corresponde al Estado y cómo se sostiene una mejora real y duradera en la vida de las mayorías: preguntas esenciales para nuestro proyecto político e histórico. Y esta debilidad se vuelve aún más evidente cuando se observa dónde estamos parados: la realidad del país.
En Chile tenemos una matriz económica poco diversificada, con enormes dificultades para traducir sus recursos en una estrategia de desarrollo más compleja y dinámica; algo que no cambia solo con aumentar impuestos o socializar las ganancias del sector privado, aunque esto siga siendo absolutamente necesario como parte de una transformación total de la economía nacional.
La productividad, por ejemplo, que permite medir la cantidad de bienes y servicios generados por el trabajo en un tiempo determinado, clave para la prosperidad compartida a la que aspiramos, pasó por un ciclo brutal de dieciséis años de estancamiento, con una ligera tendencia al alza en los últimos años, aunque aún plagada de incertidumbre y posiblemente más relacionada a factores transitorios que a una nueva matriz estructural que sostenga el crecimiento (Ministerio de Economía, 2026).
Nuestro país solamente invierte el 0,3% de su PIB en investigación y desarrollo; siete veces menos que el promedio de la OCDE. A pesar de esta pobre inversión pública, el factor más gravitante de la innovación nacional sigue siendo los recursos estatales, en tanto el mundo privado no está dando abasto con los desafíos del siglo XXI: en el período medido más recientemente (2019-2020), sólo 16,7% de las empresas introdujeron innovaciones tecnológicas, comparado al 35% del resto de la OCDE. Las recomendaciones técnicas basadas en evidencia y experiencia comparada dan cuenta de que Chile debe tener, con urgencia, una estrategia de colaboración público-privada, en la cual el Estado redistribuya recursos importantes y replantee la orientación estratégica en áreas en las cuales el mercado está fallando (OCDE, 2025).
La sequía programática que padece nuestro país es brutal. La agenda política ha sido tomada por una derecha regresiva y cortoplacista con recetas tan infructíferas como deshumanizantes. El actual gobierno, encabezado por José Antonio Kast, no cuenta con iniciativas institucionales o líneas estratégicas para el desarrollo de Chile más allá que un saqueo descarado de las finanzas públicas, a costa del bienestar social y en favor de las mayores fortunas del país. Caso emblemático es su proyecto tributario, que mutila la recaudación fiscal, tan necesaria para el fomento productivo, a niveles que no se podrán recuperar hasta en casi una década desde la ejecución de la reforma (Dirección de Presupuesto, 2026). Esta afronta al futuro de Chile simboliza su descaro en las vergonzosas respuestas del Ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, al declarar que no existe ninguna garantía de crecimiento o generación de empleo a cambio de tales beneficios a grandes empresas.
El desarrollo no es solamente un campo de disputa de ideas, sino una necesidad imperativa para la reproducción de la vida. Es por esto que el desarrollo tiene que estar en el centro de nuestra reflexión estratégica como partido, como eje de nuestro proyecto y como un principio de orientación política, y no como una discusión secundaria dentro de otras aristas. Debemos tener la capacidad de pensar a largo plazo, ofreciendo una idea de futuro y una visión de país que no esté reducida a la coyuntura; especialmente si queremos construir un futuro socialista para Chile. Si aspiramos a la transformación profunda de nuestro país y a una sociedad más justa, entonces necesitamos pensar el desarrollo como parte de ese horizonte, porque no hay proyecto socialista serio sin una base material capaz de sostenerlo.
Lo que hace falta es una estrategia que vuelva a pensar el país como un todo.
Desarrollo como eje y principio.
Desde una mirada de izquierda, se debe entender el desarrollo como el proceso de incremento continuo de la capacidad de una sociedad para mejorar la vida de su gente, fortalecer sus capacidades colectivas y construir una meta común de bienestar, justicia y dignidad. Es decir, parte de una situación inicial y presente para acercarse a las condiciones óptimas de un futuro deseado y proyectado, aproximando la sociedad a nuestra aspiración de bienestar. Por eso esta discusión no puede seguir siendo algo alejado para la izquierda y nuestro partido: es lo que transforma nuestra ideología en realidad. En Chile hay ejemplos concretos de por qué una estrategia de desarrollo marca diferencias. Durante años, como parte de la promesa de alegría que marcó la transición democrática, la imaginación de la industria minera fue el desarrollo local a través del encadenamiento productivo: una relación económica asociativa que genera crecimiento hacia atrás, cuando una industria demanda bienes y servicios de sus proveedores, y hacia adelante, cuando su producción se convierte en insumo para otras actividades económicas, contribuyendo a la generación de ingresos y consumo en la población. En los hechos ocurrió todo lo contrario. Entre 1995 y 2009, la región de Antofagasta sufrió una fuga del valor generado por sus recursos minerales, derivando en que si bien concentra el 50% de toda la producción minera del país, las empresas proveedoras que se quedaron allí son entre el 12 y el 26% del total, mientras que en la Región Metropolitana se encuentran entre el 51 y el 62% de las oficinas de proveedores (Atienza et al., 2023).
Las empresas de mayor complejidad técnica y tecnológica que prestan servicios al sector están concentradas principalmente en Santiago, mientras las regiones mineras quedan más relacionadas a actividades de menor calificación técnica, debilitando la transferencia de conocimientos y causando que las economías regionales no logren crecer al ritmo de la riqueza que producen. Mientras tanto, por lógicas propias de la empresa privada, el criterio decisional es la rentabilidad de sus inversores. La justicia territorial y la mejora de las condiciones de vida del mayor número de trabajadores pasa, por supuesto, a segundo plano.
Estas deficiencias son transversales a lo largo y ancho del país. Si nos movemos al sur, por ejemplo, encontraremos que en la Región de Los Lagos y Los Ríos existe una industria láctea fracturada, donde por un lado están los grandes capitales de productores y compradores, que son quienes pueden prosperar en un mercado interno deficiente y un mercado externo inestable, y por el otro, un gigantesco mundo de pequeños productores precarizados y atomizados en permanente riesgo de desplazamiento o extinción; en tanto, la productividad de la fuerza de trabajo es baja, la inversión en I+D es escasa y la política pública no ofrece respuestas, más allá del simplismo de los tratados de libre comercio, que permitan fomentar el sector y conectar en una estrategia de desarrollo la diversidad de agentes que luchan por sobrevivir (Rojas M., 2023).
En la Región del Maule, por su parte, yace un importante rubro exportador frutícola y vitivinícola, en el cual la escasez de agua, que ha derivado en una creciente dependencia del costoso riego artificial, junto con el alto precio de la energía, ponen en una situación crítica al sector. Estos factores no solo limitan su expansión y competitividad, sino que además afectan de manera especialmente severa a los pequeños productores, quienes cuentan con menos recursos para adaptarse a las exigencias económicas. Esta desigualdad también se expresa en la institucionalidad de apoyo: mientras CORFO presenta una estructura más articulada en el trabajo con medianos y grandes productores, aunque con limitaciones en la evaluación de impacto de sus instrumentos, INDAP ha sido objeto de críticas por su gestión y calidad de apoyo a la agricultura familiar campesina (Delamaza & Ríos, 2023).
El capitalismo no es neutral en este respecto: planifica y tiene su propia estrategia de desarrollo para el país, pero su criterio es limitado y reduccionista, y la repartición de sus beneficios es profundamente desigual, e inclusive, insostenible en el largo plazo. Hay planificación y decisiones estratégicas cuando en Quintero, Puchuncaví o Coronel se localizan zonas de sacrificio con industrias contaminantes, concentrando costos ambientales en comunidades específicas. También hay planificación cuando hay segregación urbana, como en Santiago, donde la localización de viviendas sociales en la periferia y la lógica del mercado inmobiliario han producido una ciudad directamente dividida entre ricos y pobres y sus niveles de vida. Y nosotros, desde el proyecto socialista, podemos, debemos y necesitamos decidir y planificar un rumbo para desarrollar nuestro futuro.
Si el futuro es el horizonte proyectado de resultados que se esperan alcanzar, y el desarrollo es el proceso que permite avanzar hacia ese destino, la planificación es la herramienta política y de gestión que articula ese tránsito, el ejercicio de administración de las voluntades y recursos con los que contamos. La planificación parte del análisis de una situación inicial, define una visión de futuro y organiza los medios para alcanzarla mediante una estrategia, una táctica, una estructura organizativa y un programa de acción. De este modo, se traduce en un plan desplegable, medible, controlable y corregible en el tiempo.
Entonces, ¿seguirán tratándose el cobre y el litio como simples recursos de exportación y fuente de renta fiscal, o se utilizarán para impulsar procesos de refinación, desarrollo de proveedores y encadenamientos productivos que abran nuevas capacidades industriales para el país? ¿Las energías renovables, como el hidrógeno verde, la energía solar y eólica, se consolidarán como nuevos enclaves orientados hacia empresas transnacionales, o se aprovecharán para fortalecer la infraestructura energética, reducir los costos para la población y dinamizar la innovación nacional?
¿La inversión en investigación, ciencia e innovación seguirá subordinada a las preferencias del mercado, o se orientará estratégicamente a resolver los problemas productivos, sociales y ambientales del país? ¿La infraestructura nacional (puertos, carreteras, ferrocarriles, transmisión eléctrica, etc.) continuará diseñándose para facilitar un modelo exportador de materias primas, o se pensará como base para integrar territorios y sostener su desarrollo económico y social? ¿Seguiremos aceptando una estructura productiva que concentra valor en pocos actores, o impulsaremos, desde el Estado, una estrategia que distribuya capacidades, conocimiento y oportunidades a lo largo del país?
Esa es la distancia entre una mirada de derecha, que solo administra sus utilidades, profundiza desigualdades y atrae inversión bajo una lógica neoliberal, y una mirada de izquierda, que tiene que preguntarse cómo transformar esa base en nuevas competencias, fortalecer la soberanía económica y asegurar el buen vivir de las mayorías a través de una trayectoria de desarrollo distinta para el país. La economía, como actividad de administración del gran hogar que es Chile, debe enfocarse hacia la maximización de resultados para la mayor cantidad de personas de nuestro país: que todos y todas podamos vivir bien y cada vez mejor.
Ecología y una relación mal resuelta con el desarrollo.
El daño territorial del extractivismo, los límites de un crecimiento sin control y los riesgos que el sistema neoliberal impone sobre la vida permitieron aprender e incorporar el ecologismo como principio guía de nuestro partido. Ese aprendizaje debe quedarse; pero también tenemos que reconocer que su relación con el desarrollo no se ha llevado de la mejor manera. En las discusiones internas, el desarrollo se suele malentender como un campo separado del ecologismo, que se contrapone a las necesarias tareas de cuidado del medioambiente, perdiendo su propio peso político y sin la capacidad de integrar ambas dimensiones en una visión amplia de país y partido.
Una parte de nuestra propia cultura militante expresa este problema: acostumbrada más a impugnar que a proponer, proyectando la imagen de un partido más ligado al rechazo que a la construcción de respuestas para las necesidades materiales del país. Se debe seguir combatiendo las iniciativas que dañan nuestro ecosistema y profundizan formas abusivas de extracción. Pero al mismo tiempo, debemos tener la capacidad de construir una alternativa que genere tanto o más empleo, actividad económica y bienestar como el proyecto que buscamos sepultar.
También tenemos que asumir que cualquier estrategia de desarrollo, en particular en un país como el nuestro, supone impactos materiales sobre el territorio y el medio ambiente. Incluso cuando distintos sectores hablan de diversificar la matriz productiva promoviendo la manufactura y refinación de nuestra materia prima, hay que asumir que eso es imposible sin afectar al ecosistema. Entonces, quedarnos solo imaginando un mundo sin emisiones resulta inútil. Tenemos que salir de la lógica del “anti-” y sustituirla por un “post-”: aprovechar la oportunidad de establecer una estrategia de desarrollo que plantee una transición productiva, que defina bajo qué criterios, con qué límites y con qué proyección se organiza el desarrollo, avanzando hacia una reducción progresiva de sus impactos y generando un crecimiento económico capaz de transformar la base material en un sentido favorable para las grandes mayorías.
Es hoy imperativo que nuestro partido reconstruya una visión propia de ecología, enfocada en la planificación racional de los recursos naturales para suplir el bienestar de nuestra sociedad de forma sostenible. Parte integrante de esta misión es ser firmes contra la tendencia del ecologismo colonial que es servil a las potencias capitalistas del Norte Global. Esta idea busca autoculpabilizar a los países del Sur Global respecto a la cuestión ambiental, como si tuvieran la misma responsabilidad que las sociedades altamente industrializadas, que ya viven los frutos de la riqueza planetaria; de tal forma que talar un árbol para plantar alimentos pareciera tener tanta incidencia como instalar una fábrica de millones de automóviles contaminantes. Esto genera, en los hechos, una división clasista entre países. Para el ecologismo colonial, el precarizado latinoamericano debería ser “puro”: carente de necesidades sociales, sin necesitar ni comercio, ni transporte, ni colegios, ni hospitales, ni carreteras, ni alimentos, ni fuentes de ingresos para solventar una vida digna. No se puede entender la naturaleza como algo separado de la sociedad y el ser humano, ajeno y sagrado. El ser humano está en el centro de la naturaleza y se encuentra en una relación metabólica con esta, como parte de un todo sistémico (García Linera, 2017).
Es el progreso tecnológico el que nos permitirá reducir el impacto negativo sobre el medioambiente. Al respecto, los aportes del ecomodernismo son fundamentales, ya que nos orientan progresivamente hacia el desacoplamiento entre crecimiento económico y daño ambiental. La técnica no es el problema: es la herramienta para la solución. Mecanismos clave como la agricultura de alto rendimiento, la biotecnología, la urbanización inteligente, la desalinización y la gestión eficiente del agua, la acuicultura, el reciclaje avanzado, la digitalización y la geoingeniería, entre otros, constituyen una alternativa concreta frente al perjuicio antisocial de las posiciones decrecentistas que a veces importa la izquierda chilena desde el Norte Global (Breakthrough Institute, 2015).
Como país en vías de desarrollo, priorizaremos siempre la generación de bienestar duradero para las mayorías populares, minimizando el impacto ambiental todo lo que sea posible sin descuidar la efectividad de nuestra responsabilidad social. El ecologismo socialista enfoca el problema desde las necesidades sociales del pueblo, que en nuestro contexto necesita con urgencia impostergable mejorar sus condiciones de vida, usando para ello lo último en los avances de la ciencia, industria y tecnología, forjando así una nueva relación de simetría entre ecología y desarrollo. El desarrollismo ecologista y socialista del Frente Amplio se ha de edificar en base a qué es lo que quiere y construye como una realidad mejor al desplazar las lógicas de mercado.
El desarrollo en un nuevo mundo.
Pensar el desarrollo hoy también exige reconocer que el mundo cambió y que una parte importante de nuestra forma de ver la política todavía no logra ponerse al día con ese cambio. La era digital recién está comenzando y lo que hoy vemos en el trabajo y en la vida cotidiana apenas alcanza para mostrar la punta de una transformación mucho más profunda. Sus efectos ya se sienten, pero todavía estamos lejos de ver hasta dónde puede llegar este cambio. Estamos llegando tarde tanto a la reflexión sobre la magnitud de este cambio, como a la disputa por el lugar que queremos ocupar dentro de esta nueva revolución industrial. Ese cambio también obliga a mirar de otra manera al sujeto social con el que pensamos la política. El pueblo de hoy no es el mismo que el del siglo XX. No han desaparecido la desigualdad ni la explotación, pero sí están cambiando las formas en que ambas se desarrollan. Hoy conviven formas clásicas de precariedad con otras nuevas ligadas al mundo digital. La fragmentación social es mayor, los vínculos son más inestables y una parte creciente de la vida cotidiana queda mediada por sistemas que toman decisiones bajo lógicas que no controlamos. Pensar el desarrollo y la sociedad con las coordenadas del siglo pasado deja fuera estas nuevas formas de dominación (Castells, 2012).
A eso se suma el problema de que esta transformación digital no es igual para todos. Las brechas educativas, digitales, de género y territoriales hacen que sus efectos se distribuyan de manera profundamente desigual. Hay sectores del trabajo más expuestos a la automatización, regiones con menos capacidad para adaptarse, y grupos sociales que pueden quedar cada vez más lejos de las oportunidades emergentes. En Chile, esto ya se vuelve visible en la diferencia entre zonas con mayor desarrollo digital y otras más dependientes de actividades automatizables, donde el riesgo de exclusión económica y territorial es más alto.
El potencial tecnológico ya nos permite un mundo mejor, pero vivimos en la contradicción de una abundancia potencial con la precariedad real, mientras el tiempo yace paralizado ante nuestra incapacidad de diseñar un porvenir transformador y convencer a otros de depositar su fe en él (Srnicek & Williams, 2018). Nos encontramos frente a un aceleramiento exponencial de acontecimientos que no nos va a esperar para responder. En 2016, la inteligencia artificial y la robótica nos permitieron automatizar tareas físicas. En 2026, diez años después, nos permite automatizar tareas cognitivas. ¿Qué ocurrirá en una década más? La política socialista no puede construir un nuevo mundo si queda al rezago de uno que ya está cambiando.
Y junto con eso se abre una pregunta más profunda sobre el futuro. La digitalización no nos lleva hacia una sola dirección. Puede abrir una sociedad con menos tiempo sometido al trabajo obligatorio, más espacio para el ocio, el cuidado, la formación y la vida propia, con una prosperidad compartida de manera justa e igualitaria. Pero también puede empujar un escenario muy distinto: más concentración económica, más control sobre la vida cotidiana y sectores de la población empujados hacia una adaptación forzosa y su descarte (Frase, 2020). Está en nosotros pensar una estrategia capaz de darle dirección a esta transformación y de empujarla, dentro de lo posible, hacia su mejor salida.
Conclusiones.
De esto se desprende una firme posición: solamente el proceso de construcción socialista puede desplegar el máximo de las potencialidades históricas de nuestro país. El capitalismo permite la racionalidad al interior de la empresa capitalista, pero no puede integrar los intereses particulares en un fin común que presida la actividad económica de la sociedad. La planificación de la economía social, es decir, la obtención de la racionalidad a escala social del proceso de la producción y de la distribución, sólo es posible con el socialismo, subordinando los factores económicos al fin de la sociedad entera, de forma mensurable y en incremento, desde el punto de vista de la totalidad. En esto radica la ventaja y la necesidad histórica del ideario socialista, y es la contribución del método marxista a esta noble tarea (Lange, 1966).
La racionalidad es, pues, el criterio político y práctico que orienta y justifica las decisiones del quehacer socialista, estableciendo qué medios son adecuados para alcanzar nuestros fines y convicciones. La oportunidad histórica por transformar la hegemonía social tiene respirando en su nuca a barbaries ultraderechistas organizadas y ambiciosas. El determinismo histórico que caracterizó a las izquierdas del siglo XX está muerto. El futuro esplendor del socialismo no está asegurado por absolutamente nada salvo la libre elección de valores que realicen, colectivamente, los seres humanos, cuyo éxito es objetivo fundamental de nuestro trabajo político (Thompson, 1981).
Con nuestro Congreso Ideológico como momento de arranque, es nuestra tarea profundizar en el desarrollo como principio de la visión de país, sociedad y mundo del Frente Amplio, con el objetivo político de confeccionar una propuesta y estrategia nacional, planificada de tal forma que cada uno de nuestros militantes, desde la más cotidiana de sus tareas, pueda sentirse orgullosamente parte de un proyecto de futuro que tiene sentido y razón de ser. Esta es la oportunidad de nuestro partido para innovar y liderar la nueva izquierda socialista que conduzca a Chile al progreso y el buen vivir en el siglo XXI.
Bibliografía
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Thompson, E. P. (1981). La miseria de la teoría. Editorial Crítica.
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